Vraem: Maestros, los héroes contra el narcoterrorismo

12 de Noviembre del 2015 - 10:36

Trabajan donde actúan los remanentes del narcoterrorismo. Gracias a ellos, los escolares no terminan en malas manos.

Juan es uno de los maestros de primaria del valle de los ríos Apurímac Ene y el Mantaro (Vraem) que debe lidiar a diario con el narcotráfico, el terrorismo y la pobreza para que sus alumnos sigan yendo a clases.

Labora en la localidad de Oreja de Perro, en Chungui, provincia de La Mar, en Ayacucho, donde las incursiones militares y senderistas ocurren casi a diario.

El docente, quien pide no publicar su nombre completo por seguridad, refiere que para ser educador no hay que fijarse en el sueldo, sino en los ojos de los niños que claman por paz en su tierra y aprender para dejar atrás a la pobreza.

“Para dictar clases acá debemos olvidarnos de nuestras familias”, confiesa el docente, porque los maestros deben separarse de los suyos, entre dos y tres meses de clases, para luego retornar a sus viviendas de las zonas urbanas colindantes y, luego de un par de días, ingresar nuevamente a la selva y sus caminos de tierra y lodo para llegar a la escuela y seguir enseñando.

Sin embargo, no solo la distancia y la falta de comunicación son el pan de cada día, sino también la escasez de recursos y materiales educativos para una correcta enseñanza a los niños de esta zona de emergencia.

“Prácticamente, nosotros tenemos que correr con los gastos de los materiales. El sueldo, que va de 600 a mil soles, no alcanza para cubrir nuestras necesidades como seres humanos y mucho peor si lo compartimos con nuestros alumnos”, recalcó el maestro.

DESERCIÓN. La asistencia de los escolares a sus centros de estudios es otro problema. “Los maestros casi nunca tienen al 100% de sus alumnos, siempre faltan. En un salón de 20 alumnos, cinco no asisten en promedio, es la tendencia”, narra otro docente de apellido Quispe, quien explica que la realidad del lugar hace perder horas valiosas de clases.

“Su padres tienen chacras de cultivo de coca, café y cacao, por eso requieren la mano de obra de sus hijos, sino no tendrán con qué alimentarse. Al impedir que sus hijos vayan a clases no se dan cuenta del error que cometen”, remarcó.

Además, la presencia de remanentes del terrorismo y de narcotraficantes no permite el desarrollo correcto de los menores de edad, ya que están más propensos a observar actividades vinculadas al narcotráfico que a aprender con sus compañeros en el colegio.

“Tratamos de abrir los ojos de los menores, pero nada se puede cuando padres o familiares los incitan a dejar los estudios” para dedicarse al narcotráfico, señalan ambos docentes.

ojo