MARITZA (40, Pueblo Libre). Hace poco más de un año conocí por el chat a un norteamericano con el que entablé una buena relación de amistad y poco a poco fue creciendo en ambos un sentimiento sublime que nos llevó a enamorarnos y me empujó a viajar a Estados Unidos para conocerlo.
Viaje para verlo frente a frente hace unos seis meses y lo que había nacido por Internet creció más aún al vernos cara a cara, tocarnos y sentirnos.
Los quince días que me quedé por esos lares fueron maravillosos y con eso confirmé mis sentimientos, además de conocer a su familia y comprobar que Mark era un hombre de bien.
Nuestra relación continuó por el facebook, con llamadas telefónicas, largas conversaciones por el chat y la webcam. El romance fue viento en popa y acordamos que él visitaría el Perú para volvernos a ver y presentarle a mi familia, pues ya teníamos planes hasta de hacer una vida en común y casarnos el otro año.
Esperé con ansias que llegara a verme, doctora, hasta que llegó el día indicado y no pude ir a recibirlo porque me operaron de urgencia de la apéndice. Estuve en la clínica adolorida y mis padres con una de mis sobrinas fueron a recogerlo.
A mala hora me enfermé, pues él se alojó en mi casa como estaba planeado y era atentido por mi madre y mi sobrina que tiene 25 años y que, lejos de respetar nuestra relación, se le metió por los ojos a Mark.
Finalmente, mi sobrina se involucró con mi novio y todo pasó en la semana que estuve en la clínica. Cuando salí y regresé a casa, Mark me confesó que había tenido un encuentro sexual con mi sobrina y que se había quedado prendado de su juventud, pues él es de mi edad.
Ahora él está entusiasmado y habla de casarse con mi sobrina, mientras yo estoy decepcionada y desilusionada.