Marianela (Comas, 33 años). Llevo cuatro años con Luis, y les juro que lo amo, pero hay algo que me está carcomiendo el corazón: él no quiere casarse. Sí, convivimos, compartimos techo, cenas, hasta los domingos de películas, pero cuando le hablo de boda, él cambia de tema, me sonríe y dice: “Para qué casarnos, si ya vivimos juntos”.

Al principio pensé que era miedo, que necesitaba tiempo. Yo, ilusa, me decía: “Convivir es el primer paso, pronto querrá formalizar”. Pero los años pasan, y el anillo sigue en su cajita… o mejor dicho, nunca apareció. Mis amigas me dicen que me tranquilice, que el amor no se mide por un papel, pero no puedo evitar sentir que me estoy estancando.

Lo peor es la presión familiar. Cada reunión de domingo se convierte en interrogatorio: “¿Y la boda, Marianela? ¿No piensan casarse?” Y yo sonrío, me encogí de hombros, mientras por dentro siento que estoy perdiendo tiempo precioso. Me gusta vivir con él, sí, pero sueño con caminar por el pasillo, con que todos digan: “¡Por fin!”

Y aquí estoy, confundida, entre amor y frustración, tratando de decidir si seguir conviviendo sin casarme o poner un límite. Porque aunque lo quiero, sé que algún día tendré que decidir si conformarme con lo que tengo… o buscar lo que realmente quiero.