Por: María del Carmen Fernández

Chief Legal, Sustainability and Security Officer de Yanbal

En América Latina, millones de mujeres siguen enfrentando barreras para acceder a oportunidades económicas. Fortalecer la confianza y la autonomía es necesario para transformar esa realidad.

Cada marzo, el Día Internacional de la Mujer nos invita a reflexionar sobre los avances alcanzados en materia de igualdad, pero también sobre las brechas que aún persisten. Aunque en las últimas décadas se han abierto nuevos espacios para las mujeres, las oportunidades siguen distribuyéndose de manera desigual en gran parte de América Latina.

Las cifras lo confirman. En la región, las mujeres aún ganan alrededor de 20 % menos que los hombres, dedican hasta tres veces más horas al trabajo de cuidados no remunerado y, según la Organización Mundial de la Salud, casi una de cada tres ha sufrido violencia física o sexual a lo largo de su vida. Estas realidades nos recuerdan que la igualdad no es un punto de llegada, sino un proceso que requiere compromiso sostenido desde distintos ámbitos de la sociedad.

En el Perú, esta situación también es evidente. De acuerdo al Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI), el 41,8 % de las mujeres ocupadas trabaja de manera independiente. Para muchas de ellas, emprender no es solo una opción, es una necesidad para generar ingresos, sostener a sus familias y construir mayor estabilidad económica.

Sin embargo, más allá de las barreras estructurales, hay un elemento que muchas veces pasa desapercibido y que resulta elemental para abrir oportunidades: la autoestima. Antes de emprender, liderar o tomar una oportunidad, una mujer necesita creer que es capaz de hacerlo.

Cuando una mujer fortalece su autoestima, empieza a reconocerse, a confiar en sus capacidades y a tomar decisiones que antes parecían lejanas. Ese cambio interior suele ser el primer paso para abrir nuevas posibilidades de desarrollo personal y económico.

Desde nuestra experiencia, el desarrollo de las mujeres se fortalece cuando se trabajan tres dimensiones clave: la autopercepción positiva, la independencia económica y las relaciones saludables. Cuando estos elementos se consolidan, las oportunidades comienzan a multiplicarse y su impacto trasciende lo individual.

En ese camino, el acceso a oportunidades económicas sigue siendo uno de los desafíos más relevantes. En la región, muchas enfrentan barreras para acceder a empleo formal, generar ingresos propios o desarrollar proyectos que les permitan construir mayor autonomía.

En distintos países, forman parte de comunidades que acceden a espacios de crecimiento económico y personal. A través de la venta directa, pueden iniciar su propio emprendimiento, comercializar productos de belleza de alta calidad, generar ingresos y desarrollarse dentro de una red que impulsa su liderazgo.

Más allá del aspecto económico, el enfoque apunta a algo más profundo, impulsar el desarrollo del potencial. Ese impacto también se refleja en su entorno. Cuando se fortalece la confianza, no solo se transforma la vida propia, también influye en la familia, en la comunidad y en las generaciones que vienen.

Quizás esa sea una de las reflexiones más importantes en este Mes de la Mujer, el cambio no se declara, se demuestra. Se demuestra en cómo se reconoce el talento y cómo se construyen entornos donde más personas puedan crecer.