Teresa (57 años, San Borja). Doctora Magaly, quiero a mi esposo y llevamos 29 años casados, pero últimamente siento que ya no tengo paciencia para sus achaques. Si le duele la espalda, me lo cuenta cinco veces. Si durmió mal, pasa todo el día quejándose. Si comió algo que le cayó pesado, espera que yo esté pendiente de cómo sigue.
Lo curioso es que no está enfermo. Se hace sus chequeos, los médicos le dicen que está bien y hasta hace ejercicio algunas veces. Pero cualquier molestia se convierte en un tema familiar. Si estamos viendo una película, pone pausa porque le duele algo. Si salimos a comer, empieza a hablar de su estómago. Y si le digo que tome algo o consulte al médico, responde que ya se le pasará.
Al comienzo lo atendía con cariño. Le preparaba una infusión, le preguntaba cómo seguía y trataba de ayudarlo. Ahora me descubro pensando “otra vez con lo mismo” y hasta me da culpa porque sé que no debería reaccionar así. Hace unos días me dijo que me había vuelto fría y que antes me preocupaba más por él.
No quiero convertirme en una esposa que se fastidia cada vez que su marido dice que algo le duele. Pero tampoco quiero pasar los próximos años escuchando quejas y sintiendo que tengo que estar pendiente de cada molestia. Lo amo mucho, pero no sé cómo puedo poner un límite sin que él sienta que ya no me importa. Ayúdeme, por favor.
CONSEJO
Teresa, preocuparte por tu esposo no significa estar disponible para atender cada molestia durante todo el día. Cuando aparezca una queja frecuente, puedes preguntarle qué piensa hacer y deja que él se haga cargo de buscar atención si la necesita. También exprésale que quieres acompañarlo, pero que las quejas constantes están afectando la convivencia.




