Podemos estudiar, formar una familia, trabajar, alcanzar metas, viajar, adquirir bienes y acumular innumerables experiencias. Todo ello forma parte de nuestra historia, pero detrás de nuestras actividades cotidianas hay una pregunta más profunda sobre el verdadero sentido de nuestra existencia.
A lo largo de los años, he llegado a una respuesta que considero fundamental. Hemos venido a evolucionar, a comprender por qué y para qué estamos en este plano terrenal, pero también a contribuir a la evolución de todo lo que nos rodea.
Podemos aprender, crecer, desarrollar nuestras capacidades, superar dificultades y encontrar mayor serenidad. Sin embargo, todo aquello adquiere un significado aún mayor cuando lo que aprendemos también beneficia a otras personas.
Cuando uno evoluciona, puede ayudar a evolucionar a su familia. A su vez, cuando una familia transforma positivamente su manera de vivir, puede influir en su comunidad. Y cuando compartimos un conocimiento, permitimos que alguien descubra algo nuevo y encuentre otras posibilidades.
Una palabra puede orientar y una enseñanza puede permanecer durante generaciones. Por eso, nuestra existencia trasciende lo que somos y alcanza también a quienes nos rodean.
Cuando comprendemos esto, nuestras acciones adquieren otra dimensión. Cuidarnos también beneficia a quienes nos aman, aprender nos permite enseñar, encontrar serenidad nos ayuda a transmitirla y desarrollar nuestra conciencia transforma la manera en que tratamos a los demás.
La evolución personal y la colectiva dejan de ser caminos separados cuando comprendemos que cada uno forma parte de algo mayor. Hemos venido a crecer, contribuir al crecimiento de los demás, aprender y compartir lo aprendido.




