Para el brigadier mayor del Cuerpo General de Bomberos del Perú (CGBVP), Marco Pajuelo, pertenecer a la Compañía British Fire Brigade Victoria o Victoria N° 8 significa “un honor y privilegio que muy pocos pueden tener”, pues su historia data de hace 150 años, cuando un grupo de ciudadanos ingleses deciden formalizar el 12 de febrero de 1973 la labor que venían haciendo de sofocar incendios y salvar vidas, en medio del Combate del Dos de Mayo.
Desde entonces hasta la fecha, esta histórica compañía, la octava a nivel nacional, ha cambiado siete veces de sede hasta instalarse en su actual local ubicado en la calle Manuel Cisneros Nº 597, en La Victoria, distrito que coincide con su nombre de origen que fue elegido en honor a la reina Victoria de Inglaterra.
Durante ese tiempo transcurrido, también variaron los uniformes que llevaban con orgullo sus integrantes y la forma de atender las emergencias: de bombas movidas solo con fuerza humana, pasaron a las de vapor y, hoy en día, a modernas cisternas.
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Aunque esos y otros aspectos se han transformado con el paso de los años, según Pajuelo, el capital humano es lo que ha permitido a Victoria N° 8 perdurar y seguir presente cuando más necesita ayuda la población: en incendios, accidentes, desastres naturales, etc.
“Nuestros bomberos antiguos nos inculcaron ese amor y respeto hacia la compañía. Mientras las emergencias se presentaban, crecíamos en el cuartel como una familia, donde cada uno tiene un rol, una responsabilidad, marcado en los principios de respeto, disciplina y lealtad. Cada uno de nosotros va siendo parte de esa historia y va forjando su propia historia”, refiere el también director de la Escuela de Bomberos.
Enseñanza generacional
De esa enseñanza generacional sabe Luis Alberto Casanova, bombero con 58 años de servicio, quien les transmite a los más jóvenes que “ser bombero es especial, es una persona que llega a la compañía y se entrega a la sociedad a servirla”.
“(La atención de las emergencias) ha dado un vuelco tremendo. Cuando yo llegué a la compañía los taxis tenían la obligación de llevar a los bomberos y estos iban colgados tocando sus pitos, con su capote y su casco, veían la señal del humo y hacia allá se dirigían. Hoy en día, la tecnología hasta nos da la ruta más libre”, cuenta a OJO.
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Lo que sigue igual, remarca, es que los hombres de rojo siempre han sido voluntarios y lo único que reciben como pago es el agradecimiento de quienes sufren un siniestro y el respeto de la población.
Además, permanecen las emociones que afloran cuando atienden un llamado de auxilio. Casanova no olvida, por ejemplo, la desgarradora escena que vio en el cuarto de un inmueble localizado en el cerro San Cosme, donde murieron seis niños a la vez, mientras que Pajuelo tiene grabada la historia de Hermógenes, un hombre que cayó a un río tras volcarse la máquina caterpillar en la que iba. Pese a que luchó incansablemente, no pudo quitarle su vida a la muerte.
Aunque episodios como esos marquen también sus vidas, para ambos sigue siendo una dicha vestir el uniforme de los bomberos y haber servido en la compañía Victoria N° 8.
“Hemos ayudado a tanta gente y dado tanta entrega. Como le digo a los muchachos: siempre hay que amar a la institución”, afirma Casanova.
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OJO AL DATO. Además de sofocar incendios, la compañía ha prestado importantes servicios como “Guardia Urbana” en los días de ocupación de la capital por las fuerzas invasoras de Chile durante la Guerra del Pacífico, según el libro sobre la historia de los bomberos.
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