Javier Cabello

Sigo de cerca las noticias sobre los incendios forestales en Chile; tanto el número de víctimas como el impacto humano de esta tragedia resultan estremecedores. Hasta anoche se contabilizaban 20 personas fallecidas, por lo que se ha declarado el estado de catástrofe en la localidad portuaria de Lirquén, que ha sido destruida en un 80 %.

La “zona cero” del desastre se ubica en la comuna de Penco, en la región del Biobío, al sur de Santiago. El lugar que ha sido devastado por el fuego se encuentra muy cerca de Talcahuano, en Concepción, ciudad en la que estuve hace algunos años y de la que guardo agradables recuerdos. Aquella vez llegué para conocer el Monitor Huáscar, anclado como museo flotante en la Base Naval de Talcahuano, pero esa es otra historia.

Me apena la situación que vienen atravesando los pobladores de la localidad de Lirquén, ya que sus viviendas, construidas mayoritariamente de madera, han sido destruidas por las enormes llamas. De acuerdo con las autoridades chilenas, las altas temperaturas, los fuertes vientos y la vegetación extremadamente seca han sido los factores que han favorecido la rápida propagación del fuego. Las cifras que viene dejando la devastación son lamentables: más de 50 mil personas han sido evacuadas, alrededor de 500 mil resultan damnificadas y se registran graves daños materiales tanto en zonas rurales como urbanas.

Cientos de viviendas han sido arrasadas por el fuego y aún no se logra controlar el gigantesco siniestro. Incluso el hospital de Lirquén ha tenido que ser evacuado. Como si el lugar al que he llegado estuviera marcado por la tragedia, también vienen ocurriendo incendios forestales en la Patagonia argentina. Estuve allí hace dos años y hoy el fuego se ha vuelto a reavivar en la provincia de Chubut. Los bomberos no pueden combatirlo ante la rapidez del avance de las llamas y bosques enteros están desapareciendo. Más de 21 mil hectáreas fueron destruidas.

Cuando recorrí la Patagonia argentina entendí que se trata de un territorio frágil, de una belleza inmensa, cuya devastación deja una herida profunda y difícil de reparar para la naturaleza. La ONG ambientalista Greenpeace denunció la falta de prevención, de brigadistas y de aviones hidrantes para afrontar con seriedad un ecocidio que se repite cada verano.

”Por donde lo quieras ver es un atentado con daños que no vamos a recuperar por los próximos 50 años, con el agravante de que en el Parque Nacional Los Alerces también se están quemando árboles milenarios", señaló Rubén Oliva, presidente de la Federación de Bomberos Voluntarios de Chubut, a la Agencia Sputnik. La situación que se vive en ambos países es crítica. Nos vemos.