Javier Cabello

La semana pasada se celebró el Día Internacional del Libro y uno de los lugares donde usualmente convergen los lectores son las bibliotecas públicas y privadas, esos espacios donde los amantes de la lectura se sumergen en un “viaje” con cierta plenitud y tranquilidad.

Para muchos escritores, construir una biblioteca personal toma años: implica búsquedas incesantes, paciencia, orden, tiempo y, sobre todo, dinero. Todo esto vino a mi mente cuando, hace unos días, recibí la llamada telefónica de la esposa de un querido escritor que falleció hace algunos meses. “Hola, Javier. Desde hace varios días he querido comunicarme contigo. Deseo entregarte algo. Ven a mi casa, te espero”, dijo escuetamente la compañera de casi cuarenta años del periodista, escritor y docente.

Tras acudir a su llamado al día siguiente, me dio la noticia de que había reservado algunos libros para mí de la biblioteca de su esposo. Lo recibí con sorpresa, pero sobre todo con gratitud. Había sido muy cercano a él; conversábamos con frecuencia y solía visitarlo.

“Son los libros que usualmente consultaba. Estaban en su habitación de estudio. He decidido entregártelos porque así lo hubiera querido mi esposo”, dijo. Seguidamente, me contó que lo que me entregaba no eran todos los libros que guardaba. Al subir al segundo piso e ingresar a una habitación, me topé con cientos de libros ordenados en estanterías, que ahora reposan entre el polvo y la soledad.

“Todos estos libros deseo que sean donados a la universidad donde trabajó mi esposo durante muchos años”, sostuvo la señora, cuyos ojos comienzan a llenarse lentamente de lágrimas cada vez que recuerda a su pareja.

Reveló que le habían escrito de manera reiterada correos electrónicos y realizado llamadas telefónicas ofreciéndole comprar toda la biblioteca de su esposo.

“Dos personas me han pedido que les venda los libros, pero no quiero hacerlo. Los libros que le demandaron tanto tiempo conseguir no pueden irse de esa manera. Lo mejor es que los estudiantes puedan aprovecharlos gratuitamente en la universidad”, refiere.

Tras despedirme de la señora y durante el regreso a casa, comencé a pensar en cómo será cuando ya estemos de “viaje” por otra dimensión y qué será de aquellas cosas que tanto queremos. ¿Las conservarán, las venderán o las entregarán a quienes realmente las necesiten a cambio de nada? En muchos casos, los libros de las bibliotecas personales de escritores, docentes, investigadores e intelectuales han sido vendidos y terminaron en ferias de segunda mano.

Ahora pienso que, quizás, los libros que atesoro con tanto aprecio terminen en manos de otros. No sabemos qué pueda ocurrir mañana, pasado mañana o en el futuro. Solo nos queda vivir y entender que estamos de paso, sin saber cuándo llegará el final. Nos vemos.

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