Leonardo (46, Ate). Confieso que siempre fui un picaflor y que engañé a mi esposa varias veces, aunque siempre me cuidaba de que no se enterase de mis aventuras para no lastimarla.
Desde que estaba soltero mi debilidad eran las mujeres y aun cuando amaba a mi esposa no pude dejar de caer en la tentación cuando conocía a una mujer guapa que llamara mi atención.
Fue así que conocí a Claudia. Eso ocurrió hace diez años atrás. Empecé con ella una relación tal como lo había hecho con otras mujeres, con la diferencia que de ella me enamoré y ese sentimiento era correspondido.
Nos llevábamos bien, nunca me presionó para que dejara a mi esposa y jamás me manchó la camisa de lápiz labial o dejó su perfume impregnado en mi ropa, como muchas veces lo hicieron otras amantes que había tenido.
Estando con Claudia jamás miré a otra mujer y le fui fiel, por decirlo de alguna manera, pues sólo estuve con ella y mi esposa. Sin embargo, doctora, la relación acabó después de siete años porque ella decidió no seguir en plan de amante toda la vida, pues quería casarse, formar un hogar y tener hijos.
Claudia era consciente de que conmigo no lo conseguiría y optó por dejarme. Yo no pude retenerla porque no tenía más que ofrecerle, pues confieso que me resulta difícil dejar a mi esposa. Sin embargo, doctora, ya han pasado tres años desde que dejé de ver a Claudia y no he podido olvidarla. Si bien es cierto he tenido otras aventuras, éstas han sido cada vez más esporádicas y siempre tengo presente la imagen de Claudia, a quien sigo amando. Lamentablemente cuando la he llamado para reiniciar el romance, ella ha sido firme y ya no quiere nada conmigo.
Sé que está sola, pero ya se cansó de ser la otra y no quiere verme. Yo entiendo su posición y decidí dejarla en paz, pero no puedo olvidarla y creo que estoy pagando mi mala cabeza.
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No puedo olvidar a mi amante



