Romina (35, Independencia). Doctora, estoy resentida con mi esposo, porque desde hace unos meses me ha cambiado por la sazón de mi vecina y ya no quiere comer en la casa.
Reconozco que no soy una experta en la cocina, pero nunca le he escuchado una queja ni mucho menos que haga comparaciones detestables.
Pero desde que probó la sazón de la señora Juanita, que tiene su restaurante a dos cuadras de la casa, se ha convertido en su asiduo cliente.
Tampoco le importan mis reclamos y más bien dice que me estoy convirtiendo en una mujer insoportable e histérica.
Tengo miedo de perderlo, pues por algo dicen que al hombre se le conquista por el estómago, y para mi mala suerte la vecina es viuda. Además, en los 12 años de casados nunca se había quejado tanto de mi comida.
Incluso, he llegado a pensar en la posibilidad de meterme a un curso de cocina, especialmente para todo lo que es comida criolla, que es lo que más le gusta.
Yo no me opongo a que pruebe otra sazón, pero no todos los días, porque creo que es una desconsideración hacia mí, porque yo me esmero en cocinarle a pesar de las ocupaciones que tengo en la casa y con los hijos.
Ya no sé qué más decirle y tampoco me atrevo a conversar con la vecina, porque sería una humillación y muy vergonzoso contarle mis problemas de pareja.
Algunas de mis amigas se burlan de mi problema, piensan que lo mejor es que lo deje comer donde quiera, mientras cumpla con sus obligaciones de padre y esposo.
Pero le comento que a raíz de estas discusiones, se ha producido un distanciamiento en nuestra relación, aunque tratamos de no reflejarlo frente a nuetros hijos.
A decir verdad, nunca pensé que la comida fuese un problema en un matrimonio y nunca me preocupé tanto como ahora; pero no sé si podré vencer a la sazón de la vecina, que debo admitirlo es muy buena.
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Prefiere la sazón de la vecina



