¡Habla, sobrino! Aún seguimos con la resaca tras las elecciones de la semana pasada. Y no es por celebración. Más bien, con tanto ruido y rumores, crece la incertidumbre sobre quién nos gobernará y cómo lo hará. En simple, la incertidumbre es no saber qué pasará en el futuro, y cuando no lo sabes, prefieres no arriesgarte.

Y tú puedes pensar que eso no te afecta, pero sí te toca. Cuando hay incertidumbre, las empresas, desde la gran minera hasta tu casero de la bodega, prefieren esperar antes de invertir. Si no meten plata, no crecen. Y si no crecen, no contratan. Así se enfría la chamba y el bolsillo.

Pero tampoco todo está perdido, sobrino. La confianza puede volver si hay señales claras y decisiones firmes. Cuando eso pasa, la inversión se reactiva y la economía puede agarrar vuelo otra vez. Porque al final, el país no necesita milagros, necesita certezas para ponerse a avanzar.

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