Los mariscos tienen fama de “subir el colesterol”, pero la evidencia científica muestra que no es tan simple. Es cierto que algunos mariscos, como los camarones, langostinos o calamares, contienen colesterol dietario.
Sin embargo, hoy se sabe que el colesterol que consumimos tiene un efecto limitado sobre el colesterol LDL en sangre en la mayoría de las personas.
Lo que más influye en el colesterol “malo” no es el colesterol del alimento, sino el tipo de grasa de la dieta.
En este sentido, los mariscos juegan a favor: son bajos en grasas saturadas, aportan proteína de alta calidad, minerales como zinc y yodo y, en el caso de moluscos y crustáceos, omega-3 en cantidades variables.
Consumir mariscos dentro de una dieta equilibrada no eleva el LDL, siempre que no se preparen fritos o con exceso de mantequilla.
Come 100–120 g de mariscos por comida y hazlo 1 o 2 veces por semana dentro de una dieta variada y equilibrada.
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