Desde el punto de vista nutricional, el pescado fresco, congelado y en conserva puede aportar nutrientes muy similares, especialmente proteínas de alta calidad y ácidos grasos omega-3, según la FAO, la OMS y el NIH. La diferencia no está tanto en el nutriente, sino en el manejo y uso.
El pescado fresco destaca por su sabor y textura, pero tiene una vida útil corta y requiere una cadena de frío adecuada; si falla, aumenta el riesgo sanitario.
El pescado congelado, cuando se congela poco después de la pesca, conserva muy bien sus nutrientes y suele ser más seguro y accesible durante todo el año, aunque una mala descongelación puede afectar la textura.
El pescado en conserva mantiene la proteína y gran parte de los omega-3 y resulta muy práctico, pero puede aportar más sodio o grasa añadida según el medio de conservación.
En conclusión, no hay una opción “mala”. Variar las presentaciones facilita consumir pescado con regularidad y seguridad.
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