Sara Abu-Sabbah 

El mercurio es un metal presente de forma natural en el ambiente y también puede llegar al mar a través de la actividad humana. En el agua se transforma en metilmercurio, que es la forma capaz de acumularse en los pescados. Este compuesto se absorbe con facilidad al consumirlos y, en exceso, puede afectar el sistema nervioso, especialmente durante el embarazo y la primera infancia, etapas en las que el cerebro se encuentra en pleno desarrollo.

Este metal tiende a concentrarse en mayor cantidad en los pescados grandes y de vida larga, ya que se alimentan de otros peces y van acumulando mercurio con el paso de los años. En los niños, una exposición elevada y sostenida puede interferir con procesos neurológicos como la atención, el lenguaje y la coordinación motora.

En cambio, los pescados pequeños, como la anchoveta, la sardina o el jurel, así como el salmón cultivado o silvestre, contienen solo trazas que no representan un riesgo cuando se consumen en porciones adecuadas. Además, muchos de ellos aportan selenio, un mineral que ayuda a reducir la toxicidad del mercurio.

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