Tu cuerpo está diseñado para responder al estrés con un “modo alerta” que te da energía rápida. Esta respuesta depende del cortisol una hormona que, en momentos puntuales, te ayuda a rendir mejor. El problema aparece cuando esa señal se mantiene encendida por mucho tiempo.
Al inicio, esta hormona eleva el azúcar en sangre para darte energía. Pero si se mantiene alta, tu cuerpo empieza a usar mal esa energía: las células responden peor a la insulina y la glucosa no entra eficientemente donde se necesita. Resultado: tienes energía disponible, pero no la aprovechas bien.
Además, interfiere con el sueño, porque debería bajar en la noche y no lo hace. Dormir mal significa no recuperarte.
También favorece la pérdida de masa muscular, que es esencial para sostener tu energía diaria. Por eso aparece la fatiga: no es falta de energía, es que tu cuerpo no la está usando correctamente.




