La alimentación complementaria no solo implica qué ofrecer, también es cómo hacerlo. Desde los seis meses, cuando el bebé inicia sólidos, la textura tiene tanta importancia como el alimento.
Al inicio, las preparaciones pueden ser trituradas o en puré espeso, evitando consistencias líquidas. La idea no es dar “sopa”, es estimular la lengua y la mandíbula. Entre los siete y ocho meses se puede avanzar a texturas machacadas o picadas finas, permitiendo pequeños grumos, lo que entrena la masticación aunque aún no haya muchos dientes.
Hacia los nueve a doce meses, el bebé debería probar alimentos blandos en trozos pequeños que pueda tomar con la mano, como verduras cocidas, frutas suaves, pollo desmenuzado y menestras bien cocidas.
Retrasar la progresión de texturas puede dificultar la aceptación posterior y el desarrollo de la habilidad oral. Al cumplir un año, el objetivo no es que coma perfectamente, es que participe en la mesa familiar con alimentos adaptados.




