Siempre me ha llamado la atención el número siete. Lo encontramos en muchas tradiciones y expresiones de la vida espiritual, y también puede servirnos como una manera interesante de observar nuestro propio camino.
Siete, catorce, veintiuno, veintiocho, treinta y cinco, cuarenta y dos, cuarenta y nueve...
Cada etapa trae experiencias diferentes. Cambia nuestra manera de pensar, aparecen nuevas responsabilidades y también nuevas preguntas. Lo importante no es considerar estas edades como límites rígidos, sino utilizarlas como puntos de referencia para hacer un balance de nuestra existencia.
Hay una edad que me parece especialmente simbólica: los 49 años, siete veces siete.
Al llegar a esta etapa, podemos preguntarnos: ¿qué hemos construido hasta aquí?, ¿cuánto hemos aprendido?, ¿somos más libres que antes?, ¿estamos dedicando nuestra vida a aquello que verdaderamente consideramos importante?
Siempre he pensado que, alrededor de esta edad, deberíamos haber avanzado hacia cierta realización en diferentes dimensiones de nuestra existencia: material, económica, mental y espiritual.
Pero realización no significa simplemente acumular dinero, propiedades, títulos o reconocimientos.
Significa, sobre todo, construir libertad
Libertad para disponer de nuestro tiempo.
Libertad para continuar aprendiendo.
Libertad para investigar aquello que despierta nuestra curiosidad.
Libertad para compartir lo aprendido.
Porque llega un momento en que comprendemos que el verdadero valor de lo conseguido también está en lo que podemos hacer con ello por los demás.
Cada siete años podemos detenernos un instante y preguntarnos hacia dónde estamos caminando.




