Recibir un diagnóstico de diabetes no significa eliminar para siempre los postres de la alimentación. Es una de las dudas que más escucho en consulta y mi respuesta casi nunca es un “sí” o un “no”. Lo primero que evalúo es si la diabetes está bien controlada y cómo es el patrón de alimentación de cada paciente.
Las principales sociedades científicas coinciden en que el tratamiento no consiste en prohibir alimentos, sino en construir una alimentación saludable y personalizada.
Si la persona mantiene un buen control de glucosa, un postre puede tener espacio de manera ocasional. Pero no cualquier postre. Prefiero aquellos con poca harina refinada y poco azúcar añadida, que además aporten proteína o grasa proveniente de ingredientes como yogur, quesos, frutos secos o cacao, porque generan una mejor respuesta glicémica.
Mi mensaje es simple, en diabetes, el problema no es un postre aislado. El verdadero desafío es cómo comemos el resto de los 364 días del año y qué tan bien está controlada la enfermedad.




