Sara Abu-Sabbah

El estrés por sí solo no aporta calorías, pero sí puede favorecer el aumento de peso. Cuando el estrés se vuelve crónico, el cuerpo libera más cortisol, una hormona que prepara al organismo para “resistir”. El problema es que niveles elevados y sostenidos de cortisol se asocian con mayor apetito, preferencia por alimentos ricos en azúcar y grasa, y acumulación de grasa abdominal.

Estudios respaldados por la Endocrine Society y revisiones publicadas en revistas como Obesity y Psychoneuroendocrinology muestran que el estrés también puede alterar el sueño y la sensibilidad a la insulina, dos factores clave en el control del peso. Dormir poco y mal aumenta el hambre y reduce la saciedad.

Además, el estrés influye en la conducta: comer rápido, picar sin hambre real o usar la comida como consuelo emocional. No ocurre en todas las personas ni de la misma manera, pero el vínculo existe.

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